Por Eugenia Jedlicki C.

Éste es uno de esos libros que debiera ser leído no una, sino que varias veces. No sólo porque Renée, Paloma y Kakuro son personajes que nos cautivan con su autenticidad en contraste con el mundo falso, plano y vano que descarnadamente nos describe Barbery, sino, porque en cada lectura es posible ir percibiendo y descubriendo nuevas dimensiones a las ya existentes.

“Todas las familias felices se parecen entre sí” se le escapa a Renée en medio de una breve conversación cuando está siendo presentada a Kakuro, y él, completando aquel mágico comienzo de la célebre obra de Tolstoi, Ana Karenina, agrega: “pero las infelices lo son cada una a su manera.” Renée se estremece, sabe que su secreto celosamente guardado hasta ese momento ha sido descubierto por el recién llegado.

Renée es portera en un elegante y lujoso edificio en París. Es viuda, tiene 54 años, se autodescribe como pobre e insignificante. Salvo por su amiga portuguesa, Manuela, y su gato León, así llamado en honor a Tolstoi, sus relaciones más importantes son con la música clásica, las novelas rusas, y los filósofos existenciales. Éste, su mundo interior, es el refugio al que recurre Renée cuantas veces puede durante sus rutinarias labores del día, refugio que cuida…se cuida de esconderlo de la vista y oídos de los habitantes del edificio por quienes siente, sino desprecio, una gran indiferencia a cambio de la inexistente consideración que recibe de parte de ellos.

Paloma, hija de un matrimonio burgués, propietario de uno de los lujosos departamentos, es una niña superdotada, desencantada de la vida a sus 12 años, y que se niega a penetrar en la necedad y vacuidad del universo de los adultos que en su círculo le ha tocado conocer. Como respuesta a su percepción del mundo adulto que vislumbra como horizonte futuro y ante el dolor de tal vacuidad, ha puesto como fecha para su suicidio el día de su próximo cumpleaños, sin que ninguno de quienes la rodean conozca su malestar ni sospeche de sus intenciones. Sus inquietudes filosóficas, su amor por el idioma y la cultura japonesa, su necesidad de vivir la vida en forma auténtica, chocan fuertemente con la falsedad y superficialidad que encuentra en su lujoso, pero frío hogar donde habita con sus padres y una hermana. La falta de cercanía, de encuentro con ellos y entre ellos, esta particular forma de relación que impera en su familia, le provoca un profundo sentimiento de vacío y falta de sentido.

Tras la muerte del propietario de uno de los departamentos del edificio, llega a vivir ahí Kakuro, un japonés en su sesentena, que con un exquisito y profundo sentir fenomenológico, intuye desde su llegada a la verdadera Renée que vive clandestinamente tras la máscara de insignificante que ella se ha auto impuesto, como modo de protegerse del mundo hostil que la rodea. Por otra parte, en su primer encuentro con Paloma se devela un gran interés y respeto por la niña, que, como nunca antes en su vida, siente que es vista en su verdadero valor.

Muriel Barbery nos introduce de ahí en adelante en el hermoso tejido de las relaciones que van surgiendo entre los protagonistas y cómo a partir de ellas nace en Renée y Paloma un nuevo encantamiento con la vida.

El acercamiento acogedor, respetuoso y lleno de genuino interés de Kakuro tanto por Renée como por Paloma va derribando las barreras que ambas han construido entre su mundo interior y el resto del mundo, haciendo que surja desde ellas una honesta y generosa entrega en la relación. La amistad, el amor, el goce de las vivencias de compartir la belleza del arte, se infiltran en las protagonistas llenándolas de vida y borrando sus sentimientos de carencia surgidos desde la ausencia de verdaderos lazos familiares. Somos testigos entonces de cómo lenta y sutilmente sus vidas se colman de la tibieza y plenitud que brotan de estos nuevos y auténticos vínculos.

Eugenia Jedlicki C.
Bioquímica, Dra. en Ciencias
Formación Consultoría en Análisis Existencial
e.jedlicki@yahoo.com