Por Carolina Erber.

Familias monoparentales que incluyen a una madre soltera, viuda, o separada, o al padre con sus hijos, familias nucleares, reconstituidas, ensambladas, familias binucleares, familias heterosexuales y homosexuales, con hijos biológicos y/o adoptados o sin hijos, con límites abiertos y con límites infranqueables, familias elegidas… Hoy existen diversidad de familias o parejas en Chile como en todo el planeta.

En este contexto, en nuestro país hace muy poco se promulgó la ley de Acuerdo de Unión Civil (AUC). Se trata de un nuevo estado de convivencia civil que ahora pasa a ser regulado, que otorga un estatuto a las relaciones de convivencia afectiva entre personas anuladas, divorciadas, viudas, solteras o del mismo sexo. Con el AUC los convivientes entablan un parentesco por afinidad con su pareja y con sus familias y podrán exigir que se cumplan todos los derechos que la ley contempla para los familiares consanguíneos.

Detenerse hoy en el concepto de familia requiere observar este fenómeno dentro de un contexto social y cultural. Implica situarla en un lugar, tiempo y espacio definido. Así, la familia está inserta en una realidad en constante cambio que va erosionando el estereotipo tradicional de familia, dando reconocimiento a otros tipos de familias. Aquello que antes se concebía como “la familia”, hoy es sólo una de las diversas maneras de construirla, dando paso de la forma singular a su plural “Las Familias” ¿Podríamos entonces hablar de que existen tantas personas como estilos de familias en el mundo?

Pero más allá de sus múltiples formas, me surge el interés por su contenido. Una de las tantas definiciones que nos entrega la psicología remite a un punto de vista que considera su valor afectivo. Patricia Arés Muzio (1) sostiene:
“Desde el punto de vista psicológico podemos decir que la Familia: es la unión de personas que comparten un proyecto vital de existencia en común que se quiere duradero, en el que se generan fuertes sentimientos de pertenencia a dicho grupo, existe un compromiso personal entre sus miembros y se establecen intensas relaciones de intimidad y reciprocidad” Esta definición sobrepasa a la familia unida por lazos de parentesco consanguíneos, imagen tan instalada aún en nuestra sociedad que ha costado transformar, pese a que en la vida diaria, es decir, en la realidad, esta diversidad de tipos de convivencia familiar existe desde larga data. Me llama la atención, que frente al júbilo de quienes resultan beneficiados, como de muchos otros ciudadanos, otros vivencien una derrota ¿A qué motivos podrá responder la falta de aceptación de esta diversidad de parte de algunos sectores o personas?

Me parece que la mirada del Análisis Existencial armoniza con la definición anterior, y ayuda a comprender la relevancia y el significado de que podamos construir diversas maneras y estilos de familia y relaciones, con o sin acuerdo legal, donde lo esencial sería entregarse con aprobación personal y consentimiento interno a una relación que va de la mano con la construcción de un proyecto vital de existencia, donde cada miembro pueda decir: Sí a ese mundo coconstruido, Sí a las relaciones que se vivencian con sus alegrías y penas, Sí a lo auténtico y propio de cada integrante respetando sus singularidades y trascendiendo hacia algo que va más allá de los intereses individuales, que permite a cada uno trascender y vivir valores.

Un proyecto vital común no significa en ningún caso la anulación de las individualidades que componen una familia, porque es importante que en ella cada uno puede ser sí mismo y respetar a los otros. Es más bien, un valor personal compartido “único y singular” para cada pareja o familia, basado en una decisión que se expresa en un proyecto vital de existencia común. Un vínculo entre personas que les permita la sensación de un piso confiable, que disfrutan de la compañía del otro, del afecto y el amor recibido, en una relación dialógica mutua y constante, donde el mundo propio no se pierde, se mantiene, y los proyectos personales se comparten y respetan. Son esos valores compartidos que se distinguen por su particular cualidad de tocar internamente a la persona, de aproximarse a ella, mediante lo cual los puede hacer propios y plenos de sentido; Alfried Längle dice “El bien está en conexión conmigo, me toca”. Se refiere al bien, que nunca es solipsista o aislado, sino, es bueno para mí y los demás, es el bien común que se encuentra cuando se actúa personalmente y en conciencia.

En nuestra civilización occidental actual, el valor está en gran medida puesto en la individualización, la autonomía y los proyectos personales. Si la autorrealización y el desarrollo de sí mismo son fundamentales para la existencia ¿Qué ocurre entonces con la construcción de un proyecto vital común?, ¿Cómo se configura hoy la existencia de un hogar en común?, ¿Podemos hablar de familia si sus miembros no comparten el mismo domicilio sino que cada quien conserva el suyo propio?

En esta misma escena, que a mi parecer refiere a una individualización que conduce a un individualismo exacerbado cuando se trata sólo de mis proyectos, Elena Azaola (2), en su artículo “Tres Investigaciones sobre la Familia y sus Contextos”, analiza en profundidad diferentes estudios en torno a la familia actual en América Latina y Europa. Reflexiona respecto de algunos resultados donde los entrevistados identifican a la rutina y la convivencia cotidianas como las principales amenazas para sostener su relación de pareja. Este mismo estudio señala la manifestación del deseo de los entrevistados de que su pareja quede fuera de ese ámbito y forme parte más bien de lo no cotidiano, lo no ordinario, lo festivo o lo fuera de lo común. Frente a estos resultados Azaola se cuestiona: ¿Significará esto que las parejas pasarán a formar parte de la esfera del entretenimiento mientras que los asuntos ordinarios del hogar tenderán a ser de competencia individual?, yo agregaría la cuestión ¿Será que sólo en lo placentero encuentro realización y desarrollo de mi mismo? Claramente, el deseo de los beneficiarios del AUC parece no conducirse en esta dirección, pues ellos quieren permanecer viviendo juntos, pues saben que allí donde encuentran placer, alegría de vivir, también encuentran dificultades y tensiones, y aceptan con aprobación interna comprometerse libre y responsablemente es ese espacio.

El AE nos señala que lo esencial en la pareja es el encuentro entre dos personas, donde cada pareja con su propia creatividad y originalidad construye una relación en el proceso amoroso. Basando en esto, los diferentes estilos de pareja y familia que construimos son legítimos, y tienen algo en común: la libertad como el vehículo que la relaciona. Una libertad reconocida y aceptada recíprocamente. Libertad que va de la mano de la responsabilidad.

En este sentido, el valor que le otorga cada persona a la relación de pareja, a la familia, a la construcción de un proyecto vital compartido, es un proceso único y singular en cada uno de nosotros, ya sea como familia o pareja. Como señalaba al principio, existen tantas personas como estilos de familia y parejas en el mundo. Para mí lo esencial en la pareja-familia está en el encuentro con un valor que descubro junto a esa persona que elijo, con la cual decido en libertad y responsabilidad construir una relación para encontrarnos y crecer en lo personal y en lo compartido. Pero, para que esto pueda ocurrir se requiere de algunas condiciones dadas que también son importantes en la pareja y en la familia. El AUC asegura algunas de las condiciones básicas para la existencia, la materialidad, pero también, reconocimiento, validación, aprecio y legitimación de formas distintas de convivencia; aspectos en que se sostiene, junto al amor, un proyecto futuro común.

(1) Dra. en Psicología de la Universidad de la Habana
(2) Dra. en Antropología Social de México

Carolina Erber S.
Periodista, Licenciada en Comunicación Social
Formación en Consultoría en Análisis Existencial
caroerb@gmail.com