Por Marcela Flores.

Cuando comencé a trabajar como psicóloga en el ámbito escolar, hace catorce años, sentí que regresaba a los contextos que conocí en mi infancia. Volvía a ese lugar donde se hacen filas, se pasa lista, se pide permiso para hablar y para ir al baño, volvía a las clases, las pruebas, los recreos… pero ahora estaba del otro lado, formaba parte de los “adultos educadores”.

Durante los primeros días en este nuevo trabajo, me sentí emocionada con las risas, los juegos, la vida. Desde este otro lado, los recreos me invitaron a ver a los niños en sus distintas esencias. Algunos más seguros se acercaron a saludar, otro llorando esperó a que le ofreciera mi ayuda, unas niñas bailaban, sin percatarse de mi presencia, se esforzaban en sus pasos más que en cualquier evaluación. Recuerdo especialmente a una niña en un rincón, observando el mismo baile, con una mirada triste, como mostrando sus ganas de participar, sin permitirse sacar la voz y pedir un lugar en esa danza común. Esa niña, y otros niños después de ella, me han conmovido y movido, conectándome con el dolor, la empatía y la urgencia. Sé bien que estas emociones se relacionan con mis propias vivencias en la etapa escolar…y desde ahí el sentido profundo que he encontrado en mi trabajo. No ser visto en la inmensidad de un patio de escuela debe ser de las experiencias más duras, no ser visto y no tener el coraje de acercarse, querer ser en esa danza y sentir que no se es durante la eternidad de un recreo de 20 minutos.

Estaba asustada de no hacerlo bien y ansiosa por los desafíos. Nunca conocí a una psicóloga escolar cuando era estudiante, sin embargo tenía un título que me lo permitía, sentía ganas de estar allí, tenía habilidad para relacionarme con niños y creía que este trabajo tenía sentido; podía hacer algo por quienes aún hoy atraviesan la infancia vestidos de uniforme, y en un lugar donde el valor personal se confunde a menudo con el rendimiento. Ahí estaban entonces los cuatro pilares que propone el Análisis Existencial (AE). Ser yo en este nuevo espacio era posible, bueno, auténtico e importante para mí.

Se me encomendó dar apoyo a alumnos con necesidades educativas, diseñar el programa de orientación, gestionar instancias de prevención en sexualidad y drogas y, entre otras tareas, enfrentar los casos de bullying (1). Se había sabido de varias situaciones públicamente y el Ministerio de Educación instaba a los colegios a hacerse cargo del asunto. Por ello nos capacitamos, fijamos criterios, hablamos de “severo, moderado y leve”, categorizamos a los actores en “víctima, victimario y testigo”, diseñamos un protocolo, nos dividimos las tareas y quedamos atentos a lo que “había” que hacer.
Y un dia de marzo alguien tocó a la puerta de mi oficina, era un niño de 7° básico, delgado y pequeño. Entró tímidamente y dijo en voz baja: “mis papás me dijeron que hablara contigo”.

Lo hice pasar, luego de preguntarle su nombre (le llamaré Daniel). “¿Qué ocurre?”, le dije. “Es que en el verano me hackeraon (2) el FB (3) y le escribieron cosas feas a las niñas del curso haciéndose pasar por mí, ahora nadie quiere estar conmigo. Mis papás ya hablaron con el director y dicen que soy un soplón. Por favor no les digas nada…Me quiero ir a mi casa”. El protocolo indicaba hablar con los niños del curso, reforzar a los más cercanos, pedir intervención de los profesores frente a comentarios negativos de sus compañeros, sancionar a los culpables, etc. Y así se hizo. Pero en lo personal, y más allá de las acciones para protegerlo ¿Cómo podríamos ayudarlo realmente?

No sabía muy bien qué decirle luego de escucharlo, me sentí conmovida por la fragilidad que veía en él ¿Por qué crees que pasó esto? “No sé”, ¿Cómo te gustaría que yo te ayude? “Que hables con ellos, pero que no sepan que yo te dije…y venir a veces en el recreo”.
Su postura corporal era la de un caracol encorvado y escondido, la mirada hacia el piso, y su expresión, de tristeza e impotencia. Se le hizo difícil salir de la oficina, miró de lado a lado vigilando que nadie lo viera. “¿Qué digo si me preguntan dónde estaba?“ Sentí ganas de fortalecerlo, de darle más seguridad y agregué: “Daniel, tú tienes derecho a pedir ayuda, así como cualquier alumno que lo necesite. Lo que te ocurrió es como una patada debajo de la mesa, no sabes quién fue, duele, y está bien que hayas venido a hablar conmigo”. No había enojo en él, ni rabia, si vergüenza y miedo, tanto miedo.

Para el AE la pregunta central se relaciona con aquello que se necesita para vivir una buena vida. Daniel estaba lejos de eso, la suya estaba empobrecida y constreñida por las circunstancias y por su manera de vivirlas. Cojeaba en varios sentidos. En primer lugar no estaba pudiendo ser, algo tan básico y profundo como eso. Daniel no podía asistir a su colegio y aprender en tranquilidad y seguridad, no encontraba sostén en sus compañeros, no era capaz de tomarse el espacio que le correspondía, se sentía vulnerable, en peligro, y los síntomas físicos comenzaban a hacer su aparición, dolores de cabeza y de estómago, un mensaje del cuerpo para intentar ponerlo a salvo. Por otra parte, su existencia perdía color, no estaba disfrutando, se alejaba de las cosas buenas, permanecía estático, para él no había aprendizajes, recreo, partido de futbol ni risas, y perdía así la relación con la vida.

En un colegio, donde diariamente se encuentran cientos de niños, las agresiones, las bromas desubicadas, los empujones son cosa de todos los días. Algunos niños pueden vivir con eso, se levantan, se sacuden el polvo y siguen corriendo. Hay otros niños que quedan congelados, que se hunden en la vergüenza y el temor, y que no logran tomar posición frente a lo que les ha ocurrido. Eso pasaba con Daniel.

Comencé a conocerlo y fui dándome cuenta de algo que me permitió comprenderlo más. En nuestros encuentros hablaba demasiado de sus cosas materiales y logros, de su celular, del viaje que había hecho en el verano, de ser campeón de fútbol, del auto que tenía su papá. Al comienzo pensé que era su manera de reafirmarse ante los golpes recibidos, escuchaba con atención y mostraba curiosidad por sus historias, pero de ahí no pasábamos.
Hablé con algunos de sus compañeros para promover la empatía con él y su integración al grupo, pero no era fácil. Aunque ya no lo molestaban, no había buena recepción, estaban cansados como yo, de escuchar historias que ya no creían.

Detrás de esta cortina de grandeza, Daniel no se sentía a gusto consigo mismo, se escondía detrás de apariencias, rígidamente, sin libertad, y esto ocurría desde mucho antes del bullying. Sus acciones eran calculadas, dirigidas a encontrar la aceptación de otros. No se permitía ser el mismo, y cuando se encontraba con una agresión, con un roce de la vida, de alguna forma se confirmaba su secreta intuición de no ser lo suficientemente bueno y el caracol se replegaba aún más.

Con el tiempo empezó a haber más confianza entre los dos, le dije las cosas que me gustaban de él, su caballerosidad, su humor, me contó de los deportes que le gustaban, de su mascota y de su hermana pequeña, y también empezamos a afinar la percepción, distinguiendo entre sus compañeros aquellos que si eran cordiales, receptivos y amables con él. Y cada vez tuve menos de sus visitas durante los recreos.

Pienso en Daniel y en la niña que miraba desde lejos el baile de sus compañeras, y pienso también en mi propia infancia. Lo importante y protector que es poder ser uno mismo, permitirse ser como se es, auténticamente, con lo bueno y con lo malo. Ser visto, en primer lugar por quien se es, y en el sufrimiento profundo cuando esa autoaceptación no se da, con la consiguiente imposibilidad de establecer límites, de quererse, decir no y permanecer del lado de uno mismo.

Como plantea el AE en la 3MF, se trata de lo propio, de la singularidad. Las condiciones para la autoestima y la formación del yo, son: Consideración, Trato Justo y Aprecio. Estas mismas actividades, desde lo interno, son la Autopercepción por toma de distancia (auto-distanciamiento), Tomarse en serio a sí mismo, y Juzgarse y Apreciarse por tomas posición hacia sí.

Cada persona requiere aprecio, ser visto, ser considerado en su individualidad, y recibir un trato justo. De esta manera puede tomarse en serio, forjar su autoestima y distinguirse de los otros, para así entrar en la vida y afrontar sus golpes. Y los padres, los profesores ¿Somos conscientes de la importancia de aquello para el desarrollo de nuestros niños?, ¿Para su presente y su futuro?

Esta descripción no pretende ser una teoría sobre el bullying, es más bien una reflexión sobre una de sus aristas y sobre mi experiencia personal. En estos años he entendido que cada niño y cada situación son diferentes. Y si bien los protocolos ayudan y ordenan, y seguramente ayudaron en el caso de Daniel, creo que la única (mi única) manera de acompañar realmente a otro, es personal…sólo desde ahí nace la posibilidad del encuentro, y de ayudar en el dolor y en el crecimiento.

Marcela Flores Cordero
Psicóloga Clínica
Formación de Postítulo en Análisis Existencial
mpflores@mi.cl

1. Bullying (Bull, toro). “El concepto refiere al acoso escolar y a toda forma de maltrato físico, verbal o psicológico que se produce entre
escolares, de forma reiterada y a lo largo del tiempo”. (RAE)

2. Irrumpir en un sistema computacional, traspasando barreras de privacidad.

3. Red social popular en internet