Por Daniela Vecchiola.

“Cuando miro atrás pienso en todo lo que he hecho… me parece mentira, he hecho mucho, estoy contento…… ¿cómo qué? Haberme casado, formado una familia, poder educarlos, tener lo necesario para todos….”
“Desde que me casé mi vida cambió… todo empezó a ir bien”
“Una vez pensé que a mi edad no valía la pena tener proyectos…. Me equivoqué, uno siempre tiene que tener planes…. Eso es bueno.. No importa que no se cumplan…. Es bueno tenerlos… hace bien…”
“No, no tengo miedo, creo que un día voy a dormir y no despertar más… morir debe ser como cuando se duerme en las noches..”
“He hecho todo en mi vida, no puedo pedir más, he sido afortunado, siempre he tenido buena salud… en algún momento me tenía que pasar algo…”
“Por qué tener miedo, todos encontramos nuestro lugar en la vida, ¿a caso tu no has encontrado el tuyo?”
“Nosotros somos tu familia de origen, pero tu familia, es tu marido y tus hijas. Tienes que estar con ellos, ellos te necesitan,”

Lo que puedo compartir acerca del Adulto Mayor es la vivencia que tuve con mi padre durante esta etapa de su vida. Ésta fue la experiencia más profunda y cercana que tuve con él y la que me dejó aprendizajes más significativos; incluso puedo decir que con el tiempo estas conversaciones siguen vivas en mí tomando distintos énfasis y significados. Hoy al recordar sus palabras, siento que me vuelve a hablar al oído, me aclara, me contiene, me calma, es como si las volviera a escuchar por primera vez. En esa oportunidad me quiso decir algo que no puede comprender (incluso a veces me enojé), hoy siento que esas palabras eran para mí, sin duda iban dirigidas a mí.

Entre paseos y cafés el tiempo fue pasando y hoy veo que gracias a estas conversaciones y cercanía conocí al hombre (más allá del papá) que tuvo la fortaleza y valentía necesaria para vivir las distintas etapas de su vida, lo que no significó ausencia de dolor, sino la capacidad de aceptar las condiciones que la vida le puso en los distintos momentos, e ir construyendo una vida plena: él tomó la libertad de acción y responsabilidad (con él y los otros) como valores fundamentales de su vida.

Mi papá no fue a la universidad y se preguntaba, cómo habría sido su vida si hubiera tenido la oportunidad de hacerlo…. Tal como le respondí en su oportunidad, hoy lo mantengo…. ¡No fue necesario! La tranquilidad y el amor al momento de hacer el balance de su vida, no fue producto de ir a la Universidad o no, sino de la capacidad de llevar una vida existencial y plena.

Una experiencia significativa, fue ver cómo su Persona tomó mil colores distintos a lo largo de esta etapa y que ésta es efectivamente inacabada, hasta el último día de la vida. Darle el espacio necesario para poder ser, fue esencial y siento que ahí fue donde se abrió un mundo en mí. Entramos poco a poco en un diálogo durante la relación que mantuvimos, donde tanto su Persona como la mía se desplegaron constantemente. Por mi parte comprendí que si quería estar con él, era yo quien tenía que cambiar mi ritmo, desde caminar más lento hasta darle el tiempo que él necesitaba a la conversación. Tuve que dejar a un lado mis aprensiones y prejuicios para nunca dejar de verlo como Persona y eso fue creerle, considerarlo y tomar en serio lo que me decía. Muchas veces comenzaba con una idea vaga que cuando lo ayudaba a desarrollarla y entrábamos en la conversación su sentir aparecía de manera clara y fuerte y yo podía verlo, comprenderlo.

El tiempo. Sin duda, el tiempo tomó para mí un significado distinto del que tenía hasta entonces, comprendí en profundidad que la relación que tendría con él dependería del tiempo que yo estaba dispuesta a dar. Aprendí a darme el tiempo necesario y a acompasar mi paso al suyo y así pudimos encontrarnos en un ritmo que era nuestro, nuestro ritmo. Al inicio me era difícil y algo incómodo por la costumbre de andar con una lista de actividades diarias sin discriminar demasiado, actividades que “tenía” que hacer. Sin saber mucho cómo, sólo dejándome llevar por el querer estar con él, la lista se acortó a lo esencial y llegué a disfrutar cada minuto. Tuve la claridad que teníamos un tiempo finito para conversar unos ricos cafés.

Ver con distancia cómo él fue viviendo este período de su vida y cómo el hecho de acompañarlo también fue interpelándome, me llena de satisfacción y tranquilidad. Él fue capaz de resolver sus desafíos y yo los míos, descubrí que pude acompañarlo, aceptar sus decisiones y soportar con fortaleza distintas situaciones. Hoy recordar lo que fuimos capaces, cada uno en lo suyo, me llena de energía y curiosidad frente a la vida y frente a mi misma…. ¿Cuánto hay en mí que sólo voy a conocer a medida que me deje tocar por la vida?

Aceptar que es legítimo que toda persona decida cómo quiere vivir su vida incluida ésta, la última etapa, ésta que conlleva la finitud del tiempo compartido, no es tarea fácil y también fue un proceso en el que tuve que diferenciar entre lo que yo quería, mis miedos y dolores y dejar ser lo que para él era importante.

Diferenciar cuál era mi tarea y cuál era la de él, fue lento. Acompañarlo era respetar su sentir y voluntad y no tranquilizar mis temores (eso era mí tarea). Muchas veces no fue fácil comprenderlo y me molesté con él, por ejemplo cuando rechazaba que lo pasara a buscar (prefería moverse en taxi, caminar o bus), hasta que entendí que para él conservar la independencia era lo que necesitaba para poder ser, así como otras veces que quiso salir a tomar café, leer el diario y hacer sus caminatas sin compañía. Hoy entiendo que él buscaba cultivar los valores que le habían dado vida a su existencia, que en su caso fue la autonomía, independencia, libertad y responsabilidad, valores que lo movilizaron y que promovió en la familia. Cuidó de su independencia hasta el final y eso fue respetado por toda la familia. Manejó y defendió su espacio de libertad y decisión para vivir estos valores. Sólo el último tiempo se hizo amigo del bastón, cuando vio en él un aliado para mantener su autonomía.

Muchas veces tuve que tener valentía para abrir conversaciones difíciles y dolorosas para mí (sobre sus enfermedades, miedos, muerte, inseguridades, etc.), y con temor a incomodarlo o de ser inoportuna. Sin embargo, tuve la sensación que le hacía bien poder hablar. Nos hizo bien a ambos. Nuevamente requirió de mi parte apertura, aceptación y respeto para recibir sus respuestas y decisiones sobre cómo él quería vivir esta etapa, cómo sobrellevar sus enfermedades, sus limitaciones, así como también qué habilidades desplegar y cuales ya no más.

Cultivar relación y cercanía con mi padre en su etapa de Adulto Mayor fue para mí un desafío que decidí tomar: como he dicho requirió disponer de tiempo para ello…. Requirió comprender que era yo quien tenía que aprender a caminar distinto y disponerme a tomar su ritmo, requirió ser valiente para conversar y aceptar sus decisiones. Requirió dejar a un lado mis aprensiones y prejuicios y sobre todo respetar y legitimar su Persona, su poder ser en libertad.

Caminar lento, hablar pausado, sin apuro. Sentir el sol de la mañana, la brisa del aire, disfrutar el café y a veces compartir el silencio todo ello fue parte de la relación, todo esto fue teniendo para mí un placer delicioso sabiendo que teníamos un tiempo determinado. Doy gracias porque tal como dije, compartir esta etapa, ha sido la experiencia más profunda y significativa que tuve con él y que me permitió conocer lugares inexplorados en mí.

Esta vivencia es lo que hoy me permite recordarlo con alegría y con una profunda paz. Con él descubrí una fortaleza en mí que no conocía, aprendí a apreciar en profundidad el valor del tiempo, aprendí que el amor implica aceptar la libertad de decisión del otro, aún cuando ello nos pueda causar dolor y que ese dolor se transforma en alegría y paz con la distancia.

Daniela Vecchiola
Psicóloga Clínica

Alumna Postítulo en Análisis Existencial – ICAE
danielavecchiola.v@gmail.com